Parte I La
Llegada
Al pasaje
donde yo vivo se mudó una cipota muy bonita. Desde el día que ella llegó casi
todos los cipotes le echaron el ojo. Ella era muy risueña y simpática, tanto
que muchos cipotes confundían esa actitud con la coquetería, al punto que
estuvo en boca de todos mis amigos y vecinos, fue así como supe su nombre. Su
nueva casa estaba ubicada a cuatro casas para arriba de la mía. Pasaron los
días y comenzábamos a conocernos. Cada vez que ella se iba para el colegio
pasaba frente a mi casa y me saludaba y yo hacía lo mismo.
Una tarde
venía ella del colegio y yo estaba barriendo la acera de mi casa. Ella me saludó
y se paró a platicar conmigo. Hola, ¿como esta? me pregunto. Bien, ¿y usted qué
tal esta Wendy? le contesté. ¿Quien le dijo mi nombre? Me preguntó. Pues todos
los güirros hablan de usted y mencionan mucho su nombre, le respondí. ¿Y usted
como se llama? me preguntó. Rabanito, le respondí. ¿Y se puede saber que hablan
esos cipotes de mí? Me preguntó. Esta última pregunta fue un poco complicada
para mi, ya que todos mis amigos y demás vecinos tenían un concepto un poco desfavorable
sobre aquella muchacha, así que le respondí con una mentira; no crea que hablan
mal de usted, al contrario, dicen muchas cosas positivas sobre usted, le respondí.
¡Qué bien! Me respondió.
Platicamos
amenamente por al menos veinte minutos más, cuando repentinamente nuestra
plática fue interrumpida por el grito de una mujer con una expresión en su
rostro no muy agradable, -bueno ¿y vos que pensas? ¿No tenes casa?- Le grito
desde el portón de su casa aquella señora con un semblante que denotaba
disgusto.
Que jode mi
mamá, no me deja tranquila, dijo aquella muchacha al escuchar el llamado de
atención de su progenitora.
Nos vemos
Rabanito, fue un placer haber platicado con usted, me dijo aquella muchacha.
Nos vemos Wendy, espero que volvamos a platicar pronto, le dije a aquella jovencita.
Eso téngalo por seguro, me respondió.
Al haberse
desvanecido la presencia de Wendy, se acerco a mí un amigo mío que estaba
presenciando sigilosamente desde su casa aquella conversación. Rabanito tene
cuidado con esa maje, me dijo. ¿Por qué? le pregunte, ¿dónde has visto a una
mujer honesta que ande pelándole las jachas a todo el mundo? Me preguntó. Me
puse a meditar un momento sobre lo que Mario me acababa de decir. Así que le
dije; ‘‘con la gente nunca se queda bien, si una mujer es simpática y amistosa
ya dicen que es coqueta, si es seria ya dicen que es orgullosa y creída’’.
Además de coqueta,
supieras lo que hace esa maje cuando no está su mamá, me dijo. ¿Qué hace? le
pregunté. No me contesto y solamente se limito a decirme: Vigíala para que vos
mismo te convenzas quien es realmente esa maje. Ya deja de hablar tonteras,
acaso yo soy el marido o el tata de ella para andarla vigiando, le dije. Si mi
consejo te vale, hace lo que yo te digo, concluyó y se fue para su casa.
No le tomé
importancia a las palabras de Mario ya que yo suponía que talvez podían ser los
celos que lo indujeron a denigrar a aquella muchacha, ya que al principio, él
la piropeaba y ella siempre lo ignoraba.
A medida que
pasaban los días los vínculos de amistad y confianza se estrechaban más con
aquella jovencita. Siempre platicábamos y a veces yo la acompañaba en las mañanas a escondidas
de su madre a tomar el bus para ir al colegio.
Una tarde yo
venía de comprar un refresco en la pulpería que está ubicada unas seis casas para
abajo de la mía y mire que más arriba del pasaje, precisamente en frente del
portón de la casa de Wendy, se parqueo en una bicicleta un sujeto de la raza de
color muy sospechoso, saco unas llaves, abrió el portón y se metió como si de
su casa se tratase. Aceleré mis pasos, puse el refresco en la entrada de mi
casa y rápidamente me dirigí a la casa de mi amigo Mario, que está ubicada casi
al frente de la mía. Mario, le grite, el asomo su cabeza y le dije, sali
apurate, fijate que un ladrón se metió a robar a la casa de Wendy, vamos a
ayudarla, le puede hacer algo. Calmate, no te sulfures, me dijo. ¿Cómo era el
maje que entro a su casa? me preguntó. Negro, delgado, alto, andaba con una
gorra negra, le contesté, ¿Andaba en una bicicleta montañesa? me preguntó, sí,
le respondí, ¿andaba unos lentes negros? me preguntó, sí, le volví a responder,
y de casualidad ¿el andaba las llaves del portón? sí, le respondí. En su rostro
se dibujo una sonrisa con un toque picaresco, y a mi mente vino de forma fugaz
la conversación que habíamos tenido unas semanas atrás, aquellas palabras que
yo pensé eran infundadas por los celos, que según yo, él sentía, no eran más
que la pura verdad.
Ya ves, un
amigo como yo, nunca te va a traicionar, me dijo. Disculpame, le dije. No sabía
que decirle a aquel muchacho al cual yo había desoído sus palabras e ignorado
su consejo.
No te
preocupes, el encule pone pendejo a cualquiera, me dijo. Esperate, ya vengo, le
dije, y me dirigí hacia mi casa y traje un par de vasos y el refresco que había
comprado hacía unos minutos, para compartirlo con él, en señal de agradecimiento.
Sentate
aquí, ya vas a ver que como a las seis de la tarde va a salir ese negro, porque
a las seis y media viene de trabajar la mamá de ella, me dijo. Yo accedí y me
senté junto a él en la acera de su casa. Eran las cuatro de la tarde, y los
minutos transcurrieron muy rápido hasta que se hicieron casi las seis de la
tarde, ya estaba oscureciendo.
Mientras
charlábamos con nuestras miradas fijas hacia la casa de Wendy, vimos que el
portón se habría lentamente hasta la mitad, nos callamos y ella asomaba su
cabeza viendo hacia arriba y hacia abajo del pasaje, para cerciorarse que no
hubieran testigos de aquel episodio, este acto fue infructuoso, ya que no se
percato de nuestra presencia. Al creer ella que el panorama estaba desolado,
metió su cabeza y abrió el portón del todo y vimos como salía primero, la
llanta delantera para luego ver salir el resto de la bicicleta, como si ella
anduviese por sí misma, ya que por el color de su piel aquel sujeto se
confundía con el color de la noche, allí está, miralo, me dijo silenciosamente.
Cuando aquel
sujeto ya se disponía a irse, le dio un beso en los labios a aquella muchacha, se monto en su medio de trasporte y se fue.
Aquella bicicleta que parecía una bicicleta fantasma, lentamente fue
desapareciendo entre la oscura noche a medida que se alejaba.
Aquella
cipota antes de cerrar el portón de su casa, miro nuevamente hacia arriba y
hacia abajo del pasaje, para cerciorarse que nadie hubiera presenciado aquel
evento. Todavía no se había percatado que detrás de un poste de energía, estaba
yo con mi amigo Mario observando su vicioso acto. Cerró el portón y se fue para
adentro de su casa sin sospechar que su libertinaje había sido descubierto.
Viste, me
dijo. Ahora cuando yo te diga algo, no dudes de mi palabra. Gracias, lo tendré
muy en cuenta siempre, le dije, y me fui para mi casa.
Pasaron los
días y yo veía y saludaba a aquella muchacha como siempre, en cambio mi
retorica conquistadora hacia ella había cambiado, siempre seguíamos siendo
amigos, a mi no me importo lo que ella hacia a escondidas de la gente con aquel
sujeto, ya que por suerte, nunca concretizamos una relación.
Transcurrieron
los días y perdí el interés hasta por la amistad de aquella joven, ya que, al
tener ella una aventura a escondidas de la gente y de su madre, considere que
talvez era conveniente alejarme de ella.
Una tarde venía
ella del colegio y se paró a platicar conmigo, yo quise excusarme con una
mentira, pero ella me dijo; Rabanito, he notado que usted actúa diferente
conmigo, antes usted siempre estaba aquí para ponernos a platicar cada vez que
yo venía del colegio, pero ahora lo noto como que usted trata de evadirme.
Antes lo miraba más seguido, pero ahora usted ya no sale mucho y es más difícil
verlo. Así que rápidamente invente una mentira y le dije; Lo que pasa es que
ahora tengo muchas cosas que hacer en la casa y sí mi mamá necesita ir a
comprar algo al mercado o al centro es a mí a quien ella manda. Que hombre más
hogareño es usted, me dijo, el día que yo me case me gustaría casarme con un
hombre como usted, concluyo. Sonreí pero diciendo en mis pensamientos; Eso
nunca sucederá. Nos despedimos y ella continuó su camino y yo me metí a mi
casa.
Transcurrieron
los meses y una tarde estábamos como de costumbre yo y mi amigo Mario sentados
charlando en la acera de su casa. Estábamos platicando y repentinamente él
interrumpió la conversación. Mira quien viene allá, me dijo. ¿Quién es? le pregunté,
ya que por la oscuridad y la lejanía no pude definir de quien se trataba la
silueta femenina a la que él se refería. Es la vieja amargada de doña Marina,
la mamá de la negrera, me respondió en referencia a Wendy. No le tomamos
importancia y retomamos nuestra charla.
Unos
segundos después la tranquilidad de la tarde fue interrumpida por los gritos de
aquella señora mal encarada.
‘‘Negro
sinvergüenza, salga de mi casa antes que llame la policía’’ gritaba aquella
mujer desde adentro de su casa. Se abrió abruptamente el portón de aquella casa
y salía aquella bicicleta que parecía andar por sí misma, ya que la figura de
su conductor era muy difícil de percibir en la oscuridad de la noche. Mientras
el sujeto huía, salió al portón de la casa aquella señora lanzando exabruptos racistas
contra aquel muchacho y tiro en medio de la calle algo que parecía ser la ropa
de un hombre.
En su veloz
huida aquel joven fue embestido por una unidad del trasporte rapidito a unos
cuantos metros de la casa de su amada. Cayó y las luces del vehículo que estaba
frente a él revelaron la situación de aquel individuo, estaba desnudo. Se
levanto, trato de montarse en su bicicleta, pero al ver que el rin de la llanta
delantera había quedado en forma de ocho opto por llevarla empujada.
Luego de
proferir insultos llenos de odio contra aquel sujeto, la encolerizada madre la
arremetió contra su hija. ‘‘Prostituta, ramera, malagradecida, yo todo el día
trabajando y vos aquí trayendo hombres para meterte con ellos. Aquí no es
ningún burdel, ni motel para que hagas esas sinvergüenzadas. Cuando llame tu
tata le voy a decir la clase de mujer que sos ahora’’, concluyó aquella
indignada madre por la conducta lasciva de su hija. Cerró el portón e ingreso a
su domicilio para reprender a aquella jovencita.
Ese mismo
día como a las diez de la noche llego un camioncito a traer las pertenencias de
aquella familia. Como solo eran dos sus miembros, no necesitaron más de un
viaje para movilizar sus cosas. Partieron quien sabe con qué rumbo y desde ese
día no supimos nada de aquellas dos féminas.
Parte II El
Reencuentro
Una mañana
que aborde un bus de la ruta uno a hacer unas diligencias de mi mamá al centro,
me dirigí al único asiento que estaba parcialmente disponible ya que en el otro
extremo iba sentada una joven muy bonita a la que no pude reconocer al
instante, hasta que ya me había sentado y me saludo. Hola Rabanito, me dijo
aquella muchacha, la mire a la cara y pude reconocerla inmediatamente. Me quede
impresionado y sin palabras al ver a aquella muchacha tan cambiada ya que su
apariencia era más atractiva que lo que era antes. Poco más de nueve meses
bastaron para que aquella joven sufriera aquel cambio tan drástico en su
apariencia física. Hola Wendy ¿como esta?, le pregunté. Bien Rabanito, ¿y usted
que tal ha estado? Me preguntó, Pues muy bien, le respondí. ¿Y hacia dónde se
dirige? le pregunté. A hacer un mandado, me respondió sin especificarme su
destino. ¿Y su mamá? le pregunte. Ahí está esa señora, me respondió sin ocultar
su desdén hacia su progenitora, así que le cambie el tema. ¿Y porque se fueron
del pasaje? le pregunté fingiendo desconocer el zafarrancho que le armo su
madre, al descubrir ésta, su affaire con aquel sujeto que llegaba a visitarla
todas las tardes mientras ella andaba trabajando. Es que encontramos otra casa
más barata y más grande, me respondió. ¿Y no fue al colegio ahora? le pregunté.
Ya no estoy por la mañana, pedí traslado para la jornada de la noche ya que
pienso buscar un trabajo, me respondió. ¿Y usted para donde va? me preguntó. Al
banco a pagar el agua y la luz, le respondí. ¿Y qué va a hacer después? Me preguntó.
Nada, ¿Por qué? Le pregunté. Es que me gustaría ir a dar una vuelta con usted, me
sugirió. Excelente, le expresé. Si gusta la acompaño a donde usted va y luego
vamos al cine a ver una película, le indiqué. Se puso muy nerviosa y casi
tartamudeando me respondió: Mejor vaya a hacer su mandado al banco, porque
donde yo voy, me voy a estar bastante tiempo y no quiero hacerlo esperar mucho.
No hay problema, puedo esperar, le respondí. No se moleste, voy a hacer lo
posible por salir temprano, me dijo. Está bien, le dije. ¿Y dónde y a qué hora
la veo? le pregunté. A las dos de la tarde, en las bancas del parque, ahí voy a
estar esperándolo llueva, truene o relampaguee ahí voy a estar, me respondió.
Continuamos
platicando durante el trayecto y en una parada, se sube una jovencita con un
bebe recién nacido en sus brazos, así que yo al verla, la llame y le cedí mi
asiento, ya que el bus iba lleno. Gracias, me dijo aquella joven madre y al
sentarse quedo viendo a Wendy y le dijo: Hola usted. Hola, le respondió ella. ¿Para
el hospital va? Le preguntó aquella muchacha. Sí, le respondió Wendy. Vamos
tarde a la cita verdad, le dijo aquella joven madre. Sí, un poquito tarde, le
respondió Wendy, denotando desagrado por las preguntas que le hacía aquella
muchacha. ¿Y el niño, porque no lo trajo con usted? Le pregunto aquella joven a
Wendy, y ella rápidamente tratando de que yo no siguiera escuchando a aquella
joven madre, me reiteró la hora y el lugar de nuestra cita. Está bien, ahí voy
a estar, le dije.
Aquella
joven madre capto lo que Wendy trataba de decirle ya que en los siguientes
cinco minutos que duro mi viaje, no dijo palabra alguna, más que para
susurrarle tiernas palabritas a su bebe. Al llegar a la parada donde me tenía
que bajar, me despedí de ambas damas, recordándole a Wendy que allí iba a estar
esperándola. Me bajé del bus y me dirigí al banco que estaba a unas pocas cuadras
de aquel lugar.
Entré al
banco y había una gran fila, así que para acortar el tiempo de espera, me
desconecte de la realidad y me puse a pensar en lo que a qué se refería aquella
joven madre cuando le preguntó a Wendy ¿Por qué no había traído el niño con
ella? Me preguntaba a que niño se refería aquella jovencita. ¿Sera que tiene un
hermanito y ella no me lo dijo? Me preguntaba yo mismo. Y será que ese niño
esta enfermito, porque, aunque Wendy no me lo quiso decir yo deduje por aquella
joven madre, que ella iba para el hospital. Y al mismo tiempo pensaba en ella y
su belleza. Transcurrieron los minutos y llegue a la caja e hice mis tramites.
Salí del
banco y todavía era muy temprano para encontrarme con aquella hermosa muchacha,
así que me dirigí a Plaza Cristal a jugar maquinita para matar el tiempo. Compré
unos tokens y jugué en un par de maquinas. Transcurrió el tiempo y faltaban
cinco minutos para las dos de la tarde, así que le cedí el crédito a un sujeto
que estaba observándome como jugaba contra la maquina, aquel tipo me agradeció
y casi corriendo salí del establecimiento y me dirigí al lugar acordado con
Wendy.
Llegué a
tiempo y allí estaba ella sentada disfrutando de una granita de café, que luego
compartió conmigo. ¿Entonces vamos ir al cine? Me preguntó. Está bien, le
respondí y nos encaminamos al cine más cercano que se encontraba a escasas
cinco cuadras de aquel lugar. Al llegar miramos la cartelera y nos decidimos
por una de terror. Compramos una caja de palomillas y dos refrescos. Entramos a
la sala y nos sentamos en nuestras butacas. Ella comenzó a darme palomillas de
maíz en la boca y luego yo emule su acción. Luego ella acerco su rostro al mío
y me besó.
Aquel primer
beso opacó en mí aquel concepto cuestionable que yo tenía sobre aquella
damisela. Fue un momento tan especial que me puso a meditar en una posible relación
sentimental con aquella joven. Al mismo tiempo venían a mi mente imágenes de
aquella relación que ella sostenía con aquel individuo de color, la cual ella
ignoraba que yo conocía a profundidad y que por discreción no me atrevía a
mencionarle.
El filme, al
cual le perdimos la trama por enfocarnos en nuestras caricias y besos, llego a
su fin. Cuando salimos de la sala de cine, ya eran las cinco de la tarde. A mi
mente vino el recuerdo de su madre sobreprotectora y para evitarle problemas
con ella, lo mejor era que estuviera temprano en su casa. Le dije; ‘‘Gracias
Wendy, la pasé excelente con usted y me gustaría que nos volviéramos a ver’’. Ella
percibió que me estaba despidiendo de ella y me dijo; ‘‘Yo también la pasé de
maravilla, usted me ha hecho sentir muy bien y la verdad que no me gustaría que
se fuera ahorita, quiero seguir disfrutando una tarde agradable e inolvidable
con usted’’. Está bien, siempre y cuando no llegue tarde a su casa para que no
vaya a tener problemas con su mamá, le respondí. Mire Rabanito le voy a
confesar algo, yo ya no aguanto a mi mamá, ella mucho me humilla y me quiere
tener sometida, yo no sé qué hacer con ella. A veces quisiera irme lejos y no
volver a saber nada de ella.
Si quiere
podemos ir a comer un helado, le sugerí. Mire Rabanito, mejor no perdamos
tiempo y vámonos para un hotel lo más pronto posible, porque a mi casa no
quiero ir, argumentó aquella joven. Al escuchar aquella indecorosa proposición cuestioné
nuevamente el actuar de aquella muchacha, pero al mismo tiempo analizaba la
situación. Un rato de pasión con esta maje no me caería nada mal, me planteaba
yo mismo, así que acepte su atrevida invitación.
Así que nos
encaminamos al hotel más cercano. Entremos a este, me sugirió ella. No me gusta
este, le respondí, al recordar el incidente que tuve en ese lugar un par de
años atrás con una joven llamada Jenni. Este
está mejor, le dije. Está bien, me respondió.
Al entrar al
hotel pedí una habitación. ¿Por cuánto tiempo desea la habitación? Me preguntó
la recepcionista. Aunque yo solo planeaba estar un par de horas en ese lugar,
pensé que la respuesta más prudente sería que iba a estar allí hasta la mañana
siguiente y así se lo manifesté a la recepcionista. Me cobró y seguidamente me
dio la llave de la habitación. Suba las gradas y camine hasta el fondo, la
ultima habitación, es la suya, me dijo la recepcionista.
Subimos y
entramos a la habitación. Encendí la luz, ella me abrazó y comenzó a besarme,
luego ella me despojó de mi camisa, me tiró a la cama y me quitó mis zapatos
para luego quitarme el pantalón. Se montó sobre mí y empezó a besarme el
cuello, mientras se desabotonaba parcialmente su blusa. Se quitó su brasier y
dejo sus senos expuestos, sin quitarse la blusa. Yo sentía que mi pene ya
estaba babeando como jeta de mongolo, así que cambie de posición y fui yo quien
se puso sobre ella.
Le acaricie
sus piernas mientras con mi otra mano manoseaba sus enormes pechos de los
cuales brotaban un chorrito de leche cada vez que los apretaba, esto me hizo
recordar a aquella muchacha embarazada con la cual yo había tenido una serie de
encuentros sexuales en una misma noche, unos años atrás y que conllevó al
nacimiento de un niño con un defecto en su cabecita. Pero esta muchacha no está
encinta, me planteaba yo mismo, así que no hay riesgo de que ese nefasto
momento se vuelva a repetir, no le tomé más importancia al caso y continúe con
mi lúbrico y lascivo acto. Lentamente fui metiendo mi mano hasta casi llegar a
su clítoris.
Me puse de
rodillas en la cama y comencé a quitarle su falda. Esperese un momento, me dijo
y se levantó de la cama. ¿Qué pasa? le pregunté. Nada, me respondió, mientras
se dirigía hacia el interruptor. Apagó la luz y ella misma comenzó a desvestirse.
¿Por qué apagó la luz? Le pregunté. Es que me da pena con usted, me respondió.
No se preocupe, enciéndala de nuevo y vengase, le dije. No, me respondió y
continuó desnudándose.
Ya estando
desnuda, se subió sobre mí e introdujo mi pene en su vulva, la penetración fue
fácil y rápida, ya que ambos estábamos húmedos de nuestras partes privadas.
Comenzó a subir y bajar lentamente con un movimiento cadencioso, trascurridos
unos minutos, el ritmo con que ella se movía había aumentado, mientras yo le
ayudaba con el sube y baja tomándola de las Gambas.
Rabanito,
cuanto había deseado este momento, me decía aquella muchacha. Comenzó a moverse
más rápido al tiempo que comenzaba a gemir de excitación. Comencé a sentir un
abundante líquido que se esparcía sobre mi vientre. Pensé que se trataba de una
eyaculación femenina debido al nivel de excitación al que yo la había llevado,
así que mi ego sexual se levantó.
Aquella
joven continuaba gimiendo y moviéndose rápidamente sobre mí, hasta que eyacule
dentro de ella, pero curiosamente mientras estaba eyaculando, sentía como mi
propia eyaculación caía desde arriba sobre mi pecho. Y además sentía como aquel
líquido que se había esparcido sobre mi abdomen comenzaba a coagularse, así que
lo palpe y lo olí para tratar de saber de qué se trataba, su olor era a hierro,
pero debido a la oscuridad se me hacía difícil identificarlo.
Nos
desenclochamos rápidamente y fui a encender la luz. Grande fue mi sorpresa al
ver que aquel líquido del cual yo estaba cubierto era sangre. Y mayor fue, al
ver una incisión abierta en su vientre, de la cual emanaba sangre a
borbollones. Mi abdomen, su vientre con un corte y la cama estaban empapados de
sangre, aquella joven se puso nerviosa y rompió en llanto. ¿Qué es esto? Le pregunté.
Perdoneme por favor, me dijo. ¿Por qué me pide perdón? Le pregunté. Por no
decirle la verdad, me respondió. ¿Y de qué verdad me habla? Le pregunté.
Escucheme por favor, pero no se vaya a enojar conmigo por lo que le voy a
contar, me respondió. Cuenteme después, ahorita tengo que llevarla al hospital,
le dije. Nos limpiamos, nos cambiamos y con mucho cuidado, para evitarle mayores
daños a aquella joven bajamos. Le entregué la llave a la recepcionista y le
dije que ya iba a regresar, pues ella no se había dado cuenta del estado en que
iba mi acompañante. Salí con aquella muchacha herida de su vientre a tomar un
taxi que nos llevara al hospital.
De camino al
hospital me comenzó a contar aquella historia que me mantuvo oculta, por temor
al desprecio por parte mía. ‘‘Hace siete días di a luz un niño en el hospital
Mario Catarino Rivas. Hoy en la mañana que usted me encontró en el bus, yo iba
a hacerme un chequeo y me dio miedo decirle, ya que no quería que usted me
fuera a rechazar. – ¿Y no guardó la cuarentena? Le pregunté. Ay no, esas son
cosas de viejas anticuadas, me respondió y prosiguió con su relato. – Ese niño
es el fruto de una relación que mantuve con un compañero del colegio, él es originario
de Puerto Cortes. Una tarde estábamos en la casa solos, ni él, ni yo nos
percatamos de la hora en que mi mamá iba a llegar, perdimos la noción del
tiempo y ella llego y nos encontró haciendo lo que usted ya se imagina. Nos
armo un macaneo y ese mismo día nos mudamos para otra casa y al siguiente día ella
fue al colegio a decirle al director que Saúl había abusado de mí, por lo cual
lo expulsaron del colegio y no volví a saber nada de él. Al trascurrir las
semanas, me di cuenta que estaba esperando un hijo de él, mi mamá al darse cuenta
se decepciono de mí. Ella me dijo después, que prefería mil veces haberme visto
con usted que verme con ese ‘‘mayate’’ como ella lo llamaba. Al irse notando mi
embarazo tuve que dejar la jornada matutina y pedir el traslado para la jornada
nocturna, ya que en la mañana no se admiten mujeres embarazadas en el colegio ’’.
Concluyo.
¿Y el niño
donde esta? Le pregunté. Lo dejé con mi mamá, pero ella no lo quiere, ella se
avergüenza de él, me respondió. Ojala ese niño hubiera sido suyo, me dijo
aquella acongojada joven.
Al llegar al
área de emergencia me baje del taxi y fui en busca de ayuda. Volví con una
camilla y un enfermero para ingresar a aquella muchacha. Entre los dos la
sacamos del vehículo y la subimos a la camilla. Le tomaron los datos y la
ingresaron al área de ginecología. Unos veinte minutos después vino adonde yo
estaba sentado un doctor al que yo pude reconocer inmediatamente, era el doctor
Bendaña, el mismo que había atendido el parto de Jenni dos años atrás.
¿Usted anda
con la paciente que se le abrió la Cesárea? Me preguntó aquel doctor, mientras
me miraba a la cara, con una clara expresión de duda en su rostro. Disculpe ¿yo
a usted lo conozco? Me preguntó el galeno. No creo, le respondí tratando de que
no recordara aquel bochornoso evento. Pues usted se me hace conocido, pero no
sé de dónde, recalcó aquel ginecólogo. Sin embargo reconoció que él ha interactuado
con muchos pacientes y sus familiares a lo largo de más de 27 años y que
posiblemente me estaba confundiendo.
Vamos al
caso, me dijo. ¿Es usted el esposo de la paciente? Me preguntó. No, solamente
somos amigos, le respondí. Eso ya lo había deducido desde que lo vi, ya que por
las características físicas del niño se nota que usted no es el padre, me dijo.
¿Y qué estaba haciendo ella al momento en que se le abrió la operación? Me preguntó.
La verdad no sé, le respondí.
Mire, le voy
a contar aquí entre nos el caso de esta joven, me dijo aquel doctor, violando
su código de honor hipocrático, al revelar datos privados de sus pacientes. ‘‘Revisé
la vagina y el vientre de esa muchacha y la conclusión fue que la cesárea se le
abrió por pura negligencia de ella, ya que sostuvo relaciones sexuales y apenas
solo tiene una semana de haber parido, eso lo sé, porque yo atendí el parto,
ella tenía que guardar reposo por cuarenta días. A ella al parecer no le
importa ese niño, ya que el día de hoy tuvo su primer chequeo post parto y
tenía que traer al niño. Primero; ella vino tarde y segundo y lo peor; no trajo
el niño, ella se presento sola’’.
‘‘Mire, le cuento
esto, aunque no debería, ya que usted dice que son solamente amigos, pero en
vista que es usted quien anda acompañando a esta joven, lo ideal es contárselo
a usted, ya que al parecer no tiene quien por ella, ya que el día de su parto
vino sola; esta mañana vino sola, entonces es a usted a quien le tengo que
informar, para que usted se lo haga saber a sus padres o a su esposo. Lo hago
por el bien de ella y de la criatura ’’. Concluyo aquel doctor.
¿Conoce
usted al padre del niño? Me preguntó el galeno. No, solo lo he visto un par de
veces, le respondí. Me gustaría hablar con él y la joven, ya que ambos son
irresponsables al mantener relaciones sexuales en el estado en que se encuentra
esa muchacha, me dijo. ¿Y porque durante este accidente ella no mostro signos
de dolor? Le consulté al doctor. Se puede deber a que durante la operación le
aplicamos demasiada anestesia local, y como esto no fue hace mucho tiempo, el
efecto anestésico no se había disipado totalmente. Me respondió, el ginecólogo.
Mientras
charlaba con aquel medico tan amable, se acerco a nosotros una doctora de
aspecto muy joven, que le dijo; Ya terminamos de suturar a la paciente doctor. Y
él sonriendo y con un tono burlesco le dijo; ‘‘La Pepa le hubiera costurado
también, para que no ande de puta esa jodida’’. Ay doctor usted es un loquillo,
le dijo aquella doctora mientras sonreía.
El médico me
estrechó su mano y me dijo; cualquier cosa que necesite, solo búsqueme.
Pregunte por el doctor Bendaña. Dio la media vuelta y se fue con la doctora que
había llegado hacía unos segundos.
Tras esperar
por muchas horas en aquel centro hospitalario, llegó el siguiente día. Pregunte
a la enfermera que estaba en la recepción por el estado de Wendy. La enfermera
me dijo que era muy temprano y que más o menos a las siete de la mañana, le
podían dar el alta. Para matar el tiempo me fui a las glorietas que están
afuera en busca de un café y un par de baleadas.
Trascurrido
aquel lapso de tiempo me dirigí hacia la sala de espera, allí estaba ya aquella
joven esperando por mí. Me quiso abrazar a lo que yo me opuse, ya que yo no
quería que las enfermeras y doctores fueran a presumir que entre nosotros dos
había alguna relación amorosa. Agradecí a la enfermera que estaba a cargo de la
recepción y le pregunté por el doctor Bendaña y ella me dijo que ya se había
ido. Dígale al doctor que muchas gracias de parte mía, le dije a la enfermera.
Está bien, yo le digo, me dijo aquella mujer.
Salí con
Wendy a tomar un taxi que nos llevara a nuestras casas. Me dirigí a un taxista
que estaba parqueado afuera del hospital. -¿Puede llevar a esta muchacha a su
casa?, ella le va a dar la dirección-, le pregunté al ruletero. Está bien, me
dijo él. No Rabanito, por favor vengase conmigo, no me quiero ir sola, el me
puede ir a dejar y luego lo puede ir a dejar a usted, me sugirió aquella joven.
Está bien, le dije.
Abordamos la
unidad y el taxista preguntó ¿A quién voy a dejar primero? A mí, respondió
ella. Él le pidió la dirección, y ella se la dio. Vive muy largo de donde vivía
anteriormente, le dije, al escuchar la nueva ubicación de su domicilio. Sí, me
respondió. Mi mamá creyó que hasta aquí no me vendría a buscar Saúl, dijo
refiriéndose al sujeto moreno con quien ella había procreado un hijo.
Continuamos platicando durante todo el trayecto hasta que llegamos a su casa.
Terrible fue
mi sorpresa, al ver parada en el portón de una casa a aquella malhumorada
señora esperando a que llegara su hija. En su rostro se reflejaba, además de la
amargura; el desvelo y la preocupación que le había hecho pasar toda la noche su
única hija. Al ver llegar a la muchacha en aquel taxi, ella se inclino para
poder ver bien, quién era la persona que acompañaba a su hija. Wendy se bajo
del taxi y sin decirle nada a ella, le dije al taxista que nos fuéramos, ya que
no quería escuchar discutir a aquella señora.
Rabanito,
espere un momento, alcance a escuchar que grito la madre. Retroceda por favor,
voy a ver que quiere esa vieja, le dije al chofer. Al llegar donde estaba aquella
señora, se paro junto a la ventana y pensé que me iba a reclamar algo, pero
enorme fue mi sorpresa cuando ella me invito a pasar a su casa a tomar un
desayuno. Acepté su proposición, le pague al taxista y me baje de la unidad.
Gracias
Rabanito por cuidar a mi hija, me dijo aquella señora, mientras entrabamos a su
casa. De nada, le respondí, aunque yo no sabía a qué se refería cuando me dijo
esas palabras. Comenzamos a platicar los tres, mientras las dos mujeres
preparaban unas deliciosas baleadas. ¿Y porque se te habrá infectado la herida?
Le pregunto la madre a su hija. El doctor me dijo que es normal que se
infecten. ¿Y era necesario que te internaran? Pregunto aquella señora. Sí, porque
tenían que abrir la herida para limpiarla. Pero por suerte andaba Rabanito en
el hospital y él al verme, se quedo todo el día para hacerme compañía, le
respondió aquella confabuladora muchacha. Al escuchar esa mentira supe que esa
era la razón por la que su madre me había dado las gracias hacía unos minutos atrás.
-Siempre le dije a Wendy que usted era un buen muchacho para ella, pero nunca
me escucho- me dijo doña Marina, mientras me servía un par de baleadas.
Cuando me aprestaba
a pegarle la primera mordida a aquella suculenta tortilla, escuche el llanto de
un recién nacido. Callate, le dijo rápidamente la señora al infante.
¿Quiere
conocer el niño? Me preguntó Wendy. Está bien, le dije. Se dirigió hacia una
habitación para traer al niño. Mírelo, él es Saulito, me dijo. Aquel niño
mulatillo, de cabello morroco y de grandes labios era el fruto de aquel amor
prohibido. Déjeme chinearlo, le dije. Está bien, me respondió. Lo cargué por
unos minutos y luego se lo di a su madre.
Después de
terminar mi desayuno, les agradecí a aquellas dos mujeres. Vaya a su casa a
descansar y lo esperamos hoy en la noche para que venga a cenar, me dijo la
madre de Wendy. Está bien, le respondí. Salí a la calle para tomar un taxi
hacia mi casa, para nunca más volver a aquel lugar y no volver a saber nada de
aquellas dos mujeres.
Fin
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